En los años ochenta, las consultas de los médicos de familia en muchos barrios funcionaban "como una carnicería", recuerda Vicente Baos, facultativo ya jubilado, "Uno llegaba, cogía un número y esperaba su turno". Era un modelo en el que la sanidad pública estaba vinculada al empleo y quien no lo tenía se le atendía por una suerte de beneficencia. Todo cambió con la Ley General de Sanidad, que entró en vigor el 25 de abril de 1986, hace exactamente 40 años.
Aquel país acababa se salir de la dictadura. Estaba rehaciendo sus instituciones y creando derechos y un Estado de bienestar. La norma impulsada por el socialista Ernest Lluch convirtió la asistencia sanitaria en un derecho vinculado a la ciudadanía, apostó por un sistema financiado con impuestos y sitió la universalidad y la equidad como pricipios rectores, "Fue de los grandes hitos sociales de la democracia", resume Raquel Rodríguez Llanos, que entonces ya trabajada como enfermera y hoy es vicepresidenta de Consejo General de Enfermería. "Pasamos de un modelo restrictivo a un sistema público, universal y centrado en las personas".
La ley puso orden y dirección a una transformación que ya había empezado a abrirse paso. Antes de su aprobación. la reforma de la Atención Primaría ya estaba en marcha. España comenzó a levantar centros de salud donde antes había consultas dispersas y precarias, desplegó una nueva generación de profesionales formados específicamente para ese modelo. "Había una sociedad que quería cambiar, un Gobierno que quería mejarar los servicios públicos y una generación de médicos jóvenes con otra mentalidad", recuerda Manuel García Encabo, uno delos arquitectos de aquella reforma.
Entre los años ochenta y noventa se levantaron centenares de centros de centros de salud y en menos de una década la inmensa mayoría de la población estaba ya cubierta por el nuevo modelo. Llegaron también los hospitales comarcales, que evitaron a miles de personas desplazamientos engorrosos. La atención sanitaria se acertó a barrios y pueblos donde antes no existía. "La gente lo percibió enseguida. Hubo un momento de entusiasmo recuerda Baoa, que terminó la residencia en 1987, en plena expansión del sistema,
Cuatro décadas después, pocos cuestionan los fundamentos de aquella ley, incluso quienes hoy reclaman reforma profundas, siguen defendiendo sus principios esenciales, Rafael Bengoa, exconsejero vasco de Sanidad, considera que el gran acierto estratégico lo fue elegir un sistema universal financiado vía impuestos y no basado en seguros sociales, como otros países europeos. "Fue una decisión muy sabia. Si España hubiera ido por otro camino, probablemente hoy tendría un sistema más caro y no necesariamente mejor", afirma.
Tras décadas de éxito en cobertura y resultados. el sistema empezó a mostrar señales de agotamiento: envejecimiento de la población, cronicidad. dificultades para retener profesionales. El punto de inflexión fue la pandemia, A partir de ese momento, muchos indicadores empeoraron y no no se han vuelto a recuperar: las listas de espera quirúrgicas acaban de batir un récord, la Atención Primaria sufre demoras incompatibles con su propio sentido y la percepción de la ciudadanía, aunque siendo positiva, no para de empeorar.
"El sistema fue muy eficaz para resolver problemas agudos, episodios concretos de enfermedad", explica Bengoa. "Pero ahora necesitamos completar ese modelo con otro pensado para pacientes crónicos, pluripatológicos y con necesidades sociales complejas". Eso exige una integración más estrecha entre atención primaria, hospitales y servicios sociales, algo que España sigue sin resolver.
En uno de los consensos entre los expertos consultado: el principal cuello de botella no es tanto presupuestario como de gestión. En la última década, el gasto sanitario ha aumentado más de un 80% y, desde 2019 se han incorporado al sistema público más de 45.000 médicos y enfermeras. Sin embargo, esto no se está traduciendo en mejores resultados. 40 años después, la cuestión se parece a la de 1986: cómo adaptar la sanidad a la España real. Entones, el reto era universalizar derechos. Ahora es preservarlos en una sociedad más envejecida, exigente, desigual y atravesada por cambios tecnológicos, climáticos y demográficos que nadie imaginó. (Fuente: EL PAÍS. 25 de abril de 2o26)
Todo sin olvidar nunca que estamos obligados, como verdaderos seres humanos, a "garantizar una vida sana y promover el bienestar en todas las edades".
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