He encontrado la entrevista a Joseph
Stiglitz (El País, 11 de noviembre de
2010), citada por el catedrático de Fundamentos del Análisis Económico en la
Universidad de Alcalá, Carlos Garcia y creo
muy importante comentar lo que en ella dice este Premio Nobel.
Según el periódico, Stiglitz “aplaude
sin ambages la decisión del Gobierno español de aumentar un 22% (en realidad, un
22,3 %) el salario mínimo hasta 900 euros mensuales”, un paso, según dice, ‘largamente
esperado’.
Stiglitz sostiene que “subir el
salario mínimo tiene un impacto ‘insignificante o incluso positivo’ sobre el
empleo. Para justificar esta opinión,
cita que hay un centenar de estudios hechos en EE.UU. “Allí los datos son
abrumadores. Y no se refieren a subidas del 22% como en España, sino incluso
del 100%, como en Seattle”, asegura. Stiglitz atribuye las críticas a la
decisión de Pedro Sánchez a una visión antigua basada en la presunción de que
el mercado de trabajo funciona como cualquier otro mercado, definido por la
oferta y demanda, idea que Stiglitz considera “una especie de creencia
religiosa”.
En su libro El malestar en la globalización (2002, Madrid, Santillana Ediciones
Generales) Stiglitz indica que “la globalización puede ser una fuerza benéfica
y que su potencial es el enriquecimiento de todos”, siempre y cuando “nos
replanteemos el modo en el que ha sido
gestionada”. “Somos una comunidad global y para convivir debemos cumplir unas
reglas equitativas y justas que atiendan a los pobres como a los poderosos, y
reflejen un sentimiento básico de decencia y justicia social” (Contraportada).
Pero sin que los ciudadanos hayan
intervenido en la elección, de ese modo
de gestión se ha encargado una serie de organizaciones internacionales -el
Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC), …-
que han causado, y siguen causando, un
sufrimiento excesivo. Stiglitz habla de “políticas ideológicas” que califica de
“una especie de creencia religiosa”. El credo de esa “especie de creencia
religiosa” es “el mercado” que sus líderes califican de “perfecto” y sujeto a la
ley de la oferta y la demanda. En el caso concreto de la subida del salario
mínimo interprofesional, una subida de
salario (oferta) conduce a una pérdida de empleo (demanda), que es lo que indcan
todos los creyentes de esa especie de religión.
“El Fondo Monetario Internacional
(FMI) ha alertado hoy de que los incrementos anunciados del salario mínimo interprofesional
(SMI) ponen en peligro las oportunidades de empleo de los menos cualificados y
de los jóvenes, y ha considerado ‘crucial’ mantener las reformas laborales
acometidas en España. (eldiario.es, 03/10/2018, “El FMI alerta de que las
salidas acusadas del salario mínimo frenan el empleo”). Consecuencia: imposible
salir de la pobreza.
El vigente sistema económico-
social, principalmente después de la crisis financiera de 2008, ha abrazado esa
“política ideológica”. Política que ha convertido en mercancía toda actividad
humana, incluidos los derechos humanos y todos los bienes comunes de la
humanidad y ello nos está conduciendo al precipicio. En el caso del trabajo
humano, esa idea de que es una mercancía sujeto a la ley de la oferta y demanda
¿no les recuerda a la venta de esclavos en la plaza pública? También son mercancía
los derechos humanos: con ocasión de la crisis financiera de 2008, el FMI
decretó que solo tendrían derecho a la educación y a la sanidad aquellos que
tuvieran dinero para pagarla. En cuanto a los bienes comunes, las grandes empresas
se están apropiando de todos. Como tantas veces se está diciendo, urge
implantar un paradigma económico distinto, una forma de gestión de la globalización
verdaderamente humana “que atienda a los pobres como a los poderosos, y refleje
un sentimiento básico de decencia y justicia social”.