¿Qué estamos haciendo? ¿qué más podemos hacer? ¿cómo es que no lo hemos convertido en una prioridad absoluta?
Empezando por la última pregunta, en 2015 pareció que sí, lo convertimos en una prioridad. La cumbre del clima de aquel año culminó en el ya famoso Acuerdo de París, que los Estados firmantes presentaban como el primer acuerdo "vinculante" para luchar contra el cambio climático. Algunos de los países que más emisiones de gases de efecto invernadero generan como Estados Unidos, China y la India se sumaban a un pacto que fijaba el aumento de 2 grado centígrados, sobre las temperaturas preindustriales como el límite que el planeta no podría sobrepasar en ningún caso.
Pero el Acuerdo, un gran paso diplomático al ser firmado por la práctica totalidad de los países del globo presenta varios puntos débiles. El primero es precisamente, su ambiguedad (en todo el texto ni siquiera se menciona el término "combustibles fósiles") y flexibiliza, que fue lo permitió que tantos países lograran ponerse de acuerdo: el tratado no consiste en unas normas que todos firmantes tengan que cumplir e incluir en sus leyes nacionales. Al contrario, deja que cada uno diga qué porcentaje de emisiones va a recortar, y en qué plazo. Los miembros de la Unión Europea, por ejemplo, anunciaron una reducción del 40% para 2030.
Son las llamadas contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional (INDC o NDC, por sus siglas en inglés)
El según pero es que, pese a ser en teoría "vinculante", no establece ninguna medida para el caso de que algún país no cumpla con su parte. Así que, como ocurre con la mayoría de los acuerdos internacionales, su puesta en práctica depende de la voluntad política del momento.
Así que el Acuerdo de París es una buena noticia, porque ha permitido meter el cambio climático entre las prioridades de agenda internacional. Al por un tiempo.
Pero hace falta más. Porque, como ya hemos visto, frenar el cambio climático requiere reducir las emisiones de carbono. Para conseguirlo, hay realizar cambios profundos en casi todas las cosas que hacemos, qué comemos, cómo nos movemos, qué fabricamos, dónde vivimos... y cómo producimos la energía para todo ello. Es decir, aplacar el calentamiento global nos obliga a rediseñar gran parte de nuestras de nuestras vidas. Y eso será incómodo. Y costará tiempo, Y esfuerzo. Y dinero.
Por eso hablar de la "lucha contra el cambio climático" así, en abstracto, puede sonar bien de cara al público. Pero al ponerse en ello seriamente quizá no tenga buena prensa. Imponer tasas a las industrias más contaminantes, o establecer restricciones de emisiones, o gastar dinero en reverdecer las infraestructuras, o multar a quienes derrochen energía no son medidas demasiado populares entre los electores.
En España, por ejemplo, aún no se ha conseguido sacar adelante la prometida Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Y eso que las últimas previsiones apuntan a que en 2040 el país reducirá sus emisiones. (Fuente: EL ESTADO DEL PLANETA, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura- Año 2018
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