Los seres humanos sentimos el dolor ajeno. Nuestras neuronas espejo hacen que sintamos el sufrimiento de los demás. Para que la empatía se active, basta con tener noticia del malestar del otro.
Pero estas neuronas se atrofian sino se ejercitan. La empatía se mantiene y crece solo si se entrena, estando expuestos con frecuencia a a experiencias directas, como trabajos de campo. proyectos de voluntariado o misiones humanitarias.
Ahora bien, la pregunta que, de forma táctica, nos hacemos todos cuando estamos en situaciones en las que ayudar a personas completamente a nosotros nos implica un coste personal (económico, de tiempo o de esfuerzo) es la siguiente: "¿Por qué les tengo que ayudar yo?
Los derechos humanos son derechos inherentes a cualquier persona por el solo hecho de pertenecer a la especie Homo sapiens. Pero todo derecho conlleva un deber. Luego, los derechos humanos de cualquier persona generan para otros el deber de tratar de restituir los cuando vean que han sido lesionados. El sujeto de esa obligación es quien vulneró tal derecho y , subsidiariamente, el Estado. Pero cuando el culpable o el Estado no cumple, el deber recae en los demás miembros de la especie.
¿Por qué? Solo hay una respuesta racional posible a esa pregunta: debido a la unicidad de la especie. Así es, pese a las diferencias aparentes, pertenecemos a una única entidad genética (compartimos el genoma humano, que se ha demostrado científicamente que contiene una sola raza). Además, la globalización ha hecho de nuestro mundo una sola vecindad; solo hay una tribu humana y solo una aldea en la Tierra. La evolución de la especie sobre el planeta está llegando a su culminación en el sentido de ciudadanía mundial.
Sin embargo, cuando debemos asumir costes personales muy elevados, sobre todo al tener que ayudar a personas que no son allegadas nuestras -- como en el caso del frutero que desarmó el pasado diciembre a unos atacantes en Sidney --, la unicidad de la especie deviene distante, teórica, fría, y no nos moviliza lo suficiente. Hay que recurrir, en tales casos, a otra unicidad que va más allá de lo biológico: la unicidad metafísica de nuestra especie; es decir, todos los seres humanos actuales, del pasado y del futuro, estamos vinculados entre nosotros más allá de lo físico porque somos, en esencia, lo mismo.
En efecto, sobre la base de la teoría de la evolución y neurociencia actual, podemos postular racionalmente que todos copertenecemos a una misma Consciencia o Realidad Universal. Si persona asume este principio racional, que se puede destilar dela ciencia actual. entonces el otro no es para ella únicamente un congénere, sino, en cierta forma, su yo ampliado: una continuidad de su persona por formar parte de un mismo Ser.
Comoquiera que esa prolongación es sentida de forma más íntima, que un mero parentesco en la especie, despierta en nosotros una motivación radical: trascendemos nuestra individualidad activando el hilo invisible que nos une a la persona que necesita ayuda. Cuando este afectivo, que se funda en la referida unicidad metafísica, se debilita y la empatía decae, debemos recolectarlo de nuevo y -- como dice Schiller en la Novena Sinfonía de Becthoven -- volver a sentir a los otros como hermanos. ¿Quién no está dispuesto a dar incluso un riñón o un pulmón para salvar a un pariente de primer grado? ¿Quién no siente y experimenta a un familiar consanguíneo como una extensión de sí?
Ahora respondemos a otra pregunta peliaguda que solemos susurrarnos a nuestros propios oídos: "¿Por qué debo ayudar yo, jugándome mucho, cuando son los Estados o los sistemas sociales quienes lo deben hacer?
Mi respuesta es la siguiente; la justicia es un sistema de obligaciones normativas que igualan a todos por ley. El altruismo, sin embargo, va más allá porque el sujeto quiere trascender voluntariamente su finitud individual. Esto es, precisamente, lo que le dijo Sir Abbas Effendi (conocido como El Maestro) al mayor filántropo del American Dream, el coloso Andrew Carnegie, el hombre más rico de su tiempo: la igualación es necesaria pero limitada -- le comentó en Nueva York en 1912 -- porque se produce por una obligación extrínseca.
El altruismo, al ser trascendente y voluntario, llega a donde no llega la ley. Y es continuado en el tiempo por partee de quien lo ejerce porque -- según la psicología actual -- trascenderla propia individualidad es una necesidad humana fundamental para hallar la satisfacción con la vida.
Peter Singer, el gran teórico actual del altruismo, a propuesto que los actos compasivos no han de ser únicamente emocionales, sino también racionales, para ser efectivos, Pero ¿cómo se determina la efectividad de un acto altruista?
Estoy de acuerdo con Singer en que debemos usar criterios racionales cuando queremos ayudar: ayudemos donde el impacto de nuestra acción sea mayor. Pero comoquiera que eso mide la efectividad solo desde la perspectiva del resultado, se la dificulta a la persona altruista discernir cuál es la acción más efectiva que puede llevar a cabo. Hay demasiadas urgencias equivalentes y es extremadamente complejo compararlas.
Mi propuesta es otra: medir la efectividad también desde la perspectiva del acto mismo; es decir, en términos del grado en que la contribución altruista será sostenible y continuada, y no un destello emocional que se apaga con el tiempo. Para ello, veo necesario un criterio adicional y complementario al criterio de efectividad de Singer: lo denomino altruismo de comunidad.
Así es, el altruismo efectivo requiere canalizarse por una vía próxima. No porque el destinatario vaya a ser cercano -- en cuyo caso no se sería un altruismo genuino --,sino porque el cauce de la ayuda lo debe ser. Para que tal proximidad sea emocional (ayudar a una causa por la que sentimos inclinación afectiva), cognitiva (imlicarnos en una causa cuya efectividad conocemos bien) y espacial (involucrarnos en una causa de corts distancia, aunque sus beneficiarios últimos sean lejanos y muy ajeno a nosotros) debe realizarse en el marco de una comunidad.
Sostengo que la empatía que se teje en el proceso constructivo de una red comunitaria garantiza la continuidad y la efectividad de la acción altruista. Así, la respuesta a la pregunta "¿a qué personas debo ayudas entre todas a las podría ayudar?"es: "Ayuda a todas las que puedas, incluyendo las más desconocidas y lejanas, pero hazlo por mediación de una comunidad, Piensa global, pero actúa local".
En el mundo hay multitud de causas por las que luchar" --decía Vicente Ferrer --; "hay que tomar una como propia". Autor: Arash Arjomandi, filósofo. Su último libro, que firma junto a Rosa Rabbani, es ¿Efímeros o inmortales? 5 rutas para trascender la finitud de la vida (RBA)
Este articulo ha sido publicado en EL PAÍS. 22 de febrero de 2026
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