Las cifras de niños muertos en 2024, las últimas disponibles, por hambre extrema y otras causas derivadas de la pobreza, reveladas por Naciones Unidas, deberían por si solas provocar un escándalo mundial y forzat la restauración inmediata de la ayuda al desarrollo por parte de todos los países que la han reducido o suprimido siguiendo el nefasto ejemplo de EE UU. Este auténtico fracaso mundial es la demostración de las consecuencias mortales que tiene la demagogia política aplicada contra los más indefensos,. De acuerdo con el informe del Grupo Interinstitucional de la ONU para la Estimación de la Mortalidad en la Niñez, en 2024 unos 4,9 millones de niños menores de cinco años murieron en todo el mundo por causas perfectamente prevenibles. De ellos, casi la mitad fallecieron antes de cumplir los 28 días de vida. Hay al menos 100.000 casos anuales documentados de hambre aguda. Es decir, cada cinco minutos -- poco más de lo que se tarda en leer este texto -- un niño o niña menor de cinco años morirá de hambre. Para Unicef, se trata de situación crítica para la infancia comparable a la de la II Guerra Mundial.
La mayor parte de la ayuda al desarrollo está denigrada, estigmatizada y suspendida. No es casualidad que dos de las regiones más empobrecidas del planeta, África subsahariana y Asia meridional concentran el 80% de los fallecimientos. Sin atisbo de esperanza alguno, los estudios advierten que, continuar esa tendencia, más de 27 millones de niños morirán en los próximos cuatro años antes siquiera de cumplir un mes de vida. Lo verdaderamente escandaloso es que no sucede por una dinámica imposible de frenar. Al contrario. Los mayores en el mundo en la lucha contra la mortalidad infantil se dieron entre los años 2000 y 2015, cuando se realizó un gran esfuerzo, serio, coordinado, planificado y financiado, para empezar el siglo XXI combatiendo esta situación inconcebible, en la que las víctimas no sobreviven a enfermedades y problemas sanitarios perfectamente superables.
¿Qué ha cambiado? Primero, una dinámica de recortes en la ayuda oficial al desarrollo en el mundo desarrollado escudándose en la crisis económica; la deriva, liderada por Trump de convertir las relaciones internacionales en un mero negocio, y, finalmente, el empeoramiento de las causas objetivas en las zonas más vulnerables con problemas derivados del cambio climático y conflictos armados. El golpe de gracia ha sido el devastador cierre de la agencia de cooperación estadounidense (USAID) ordenado por Trump en julio del año pasado con el argumento del ahorro, mientras multiplicaba el gasto de defensa.
El problema está, pues, perfectamente identificado, y la solución ha sido ensayada con éxito en el pasado. Sobre quienes tienen es su mano la ayuda al desarrollo y la niegan recae una gran parte de responsabilidad en esta tragedia silenciosa que asola el planeta. (Fuente: EL PAÍS, 21 de marzo de 2026)
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