La llegada de miles de personas por mar a Ceuta procedentes del territorio marroquí plantea una emergencia humanitaria al mismo tiempo un desafío político para España. Quienes cruzan la frontera lo hacen sorteando a nado un espigón y poniendo en peligro su integridad física y vida. Al menos nueve murieron ayer (30 de julio). La ciudad autónoma ha revivido las imágenes de hace cinco años cuando en un día alcanzaron la playa ceutí 5.000 jóvenes con un trasfondo de tensiones bilaterales. La inusitada afluencia de inmigrantes desde hace una semana obliga a poner todos los medios posibles para la acogida en las mejores condiciones de los recién llegados y una máxima cooperación entre las administraciones .--autonómicas, estatales y europea -- para reforzar las capacidades locales ante esta sìtuación que las desborda. Teniendo en cuenta los antecentes, esta crisis exije sobre todo garantizar la máxima confianza entre países vecinos y evitar que la inmigración sea utilizada como medida de presión diplomática, como ya sucedido tras veces con Marruecos.
No son nuevos los repuntes en la entrada de inmigrantes, ni tampoco es por primera vez en la que ciudadanos marroquies saltan al agua y caminan por escarpados espigones, mientras la policía de su país mira hacia otro lado. Pero esta masiva, más grave que las anteriores, no ocurre en el vacío. La pobreza y la falta de expectativas entre una parte de la juventud de Marruecos es una explicación, pero la única. El Tribunal Supremo sentenció hace tres semanas que admisible el rechazo inmediato de quienes acaban de cruzar irregularmente la frontera cuando estos inmigrantes hayan entrado en España superando una valla u otro"elemento contención". Peoo no si llegan por una zona sin vallas, como el mar.
No obstante, sería erróneo explicar esta crisis por una decisión judicial por las condiciones socioeconómicas de los migrantes. El núcleo es otro: la tolerancia de las autoridades de este país anr
te las las salidas irregulares hacía un territorio autónomo español que Rabat reclama como propio. Si el Gobierno marroquí no hace nada por disipar esta impresión, inevitablemente fomentará la sospecha de que, como hace cinco años, usa a lo inmigrantes para coaccionar a un país vecino y amigo. La tensión en Ceuta llega cuando Pedro Sánchez acaba de viajar a Argelia, rival regional del reino alauí. Coincide con la resolución del contencioso entre Madrid y Londres por Gibraltar; donde Marruecos podría ver un paralelismo con Ceuta y Melilla, e incluso con una discusión más discreta sobre la sede de la final del Mundial de 2030, organizado junto a España y Portugal.
Cualquier tentación de volver a usar la inmigración como medio de presión es inaceptable. Sin una solución que preservar el respeto escrupuloso de derechos de los migrantes y a la vez restablezca el control de la frontera, el riesgo es que se abone el terreno para pueblos xenófogos jueguen a la confusión. España puede exhibir un éxito indudable en la última regulación de inmigrantes que viven y trabajan en este país y debe preservarlo. Lo que sucede en Ceuta es un problema muy diferente y el peligro seria que, además de forzar al Gobierno español a modificar sus posiciones diplomáticas estos hechos dañen la convivencia en los territorio autónomos y sean combustible para la extrema derecha. "El respeto a las fronteras mutuas es la base sobre se construye la vecindad de países amigos y las relaciones fructíferas para ambos", dijo Sánchez, que hay viajará a Ceuta, durante la crisis de 2021 y este llamamiento sigue siendo tan válido hoy como entonces (Fuente: EL PAÍS. 31 de julio de 2026)
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