Hasta finales de 2023, las autoridades de Namibia
trabajaban bajo la asunción de que la población del país rondaba
aproximadamente los 2,6 millones de personas, de las cuales en torno al
60% eran jóvenes de menos de 35 años. Las cifras que barajaban se
apoyaban en una proyección formulada por la agencia estatal de
estadísticas a partir de los poco más de dos millones de habitantes que
se habían contabilizado en un estudio de hacía más de una década.
La sorpresa saltó en marzo de 2024, cuando la agencia de estadísticas namibia dio a conocer los resultados preliminares del último censo demográfico
llevado a cabo en el país solo medio año antes. A diferencia de la
cifra que se manejaba, la población de Namibia superaba por poco los
tres millones. Así que, de la noche a la mañana, salieron a la luz
400.000 personas ―equivalentes al 15% del país― que hasta aquel momento
el Estado no sabía ni que existían.
La brecha entre la estimación de habitantes que utilizaban las
autoridades namibias hasta el final de 2023 y la cifra de población que
reveló su último censo puso de relieve la importancia de realizar este
tipo de registros demográficos y de salud de forma periódica y rigurosa,
a fin de planificar con criterio políticas públicas y analizar su
efectividad después. Lo ideal, según aconseja la división de
estadísticas de Naciones Unidas, es realizarlos una vez cada década.
Namibia, sin embargo, no es un caso aislado, sino que elaborar estas
macroencuestas está siendo cada vez más difícil. La Comisión Económica
de la ONU para África (ECA) nota que la ronda de censos de la década de
2020, planificada entre 2014 y 2024, se vio afectada por imprevistos
como la pandemia, pero también por otros más profundos como la falta de
fondos y la baja tasa de respuesta. Hoy se estima que al menos uno de
cada tres africanos está sin censar, aunque hay incluso cálculos que
elevan esta cifra al 45%.
Priscilla
Idele, jefa de la subdivisión de población y desarrollo del Fondo de
Población de la ONU (UNFPA), reconoce que los censos son una tarea de
gran y difícil escala. Pero advierte de que “si bien muchos censos
afrontan retos universales, los de África tienen retos más acusados”.
Con todo, Idele reivindica que “hay que contar a todo el mundo porque
todo el mundo cuenta
Hay muchos motivos para
querer mantener un recuento ajustado de la población de un país. Uno de
los más destacados es que disponer de un censo preciso y actualizado
permite a las autoridades planificar debidamente servicios esenciales
como la sanidad, la educación y las infraestructuras básicas, incluido
el suministro de agua y electricidad y el transporte público, ya que
este no solo proporciona información sobre cuánta gente hay sino también
dónde vive.
Otros ámbitos en los que esta información resulta crucial son la
planificación económica y las políticas de urbanización y vivienda, ya
que también capturan movimientos de población, normalmente a las ciudades.
Estos datos son igualmente claves para la asignación de fondos de
instituciones financieras internacionales y agencias de cooperación. Y
más sensible aún, sirven para ajustar la representación política, por
ejemplo con el reparto territorial de escaños.
“Un censo es quizás la fuente de datos más importante que puede tener un
país”, opina Idele. “Proporciona información muy completa sobre toda la
población: el número de personas en un país en un momento dado; dónde
viven; la estructura demográfica, como la edad y el sexo; sus
condiciones de vida; los movimientos [de población]; y otras
características socioeconómicas, como el nivel educativo o la situación
laboral”, desarrolla.
Más allá de guiar políticas públicas, los censos de población y salud
ofrecen datos para realizar investigaciones, ya sea en el ámbito
académico o para la sociedad civil. Ejemplos prácticos incluyen estudios
sobre la prevalencia de personas con discapacidad en diferentes zonas
de Senegal; estimaciones sobre el uso de la electricidad en los hogares
de Suazilandia para iluminar o cocinar; y cálculos de mortalidad
infantil a nivel provincial en Burkina Faso.
Lorretta Ntoimo, una profesora de demografía social de la Universidad
Federal Oye Ekiti de Nigeria que ha investigado la perspectiva de género
de los estudios demográficos africanos, resalta la importancia de estos
datos desde este punto de vista. “La mayoría de responsables de la toma
de decisiones en la esfera privada y pública son hombres, que se
benefician de forma desproporcionada del statu quo. Se necesitan
evidencias, basadas en la investigación, para que lo acepten y apliquen
políticas que reduzcan gradualmente la desigualdad”, señala.
El gran salto hacia
delante para la mayoría de naciones africanas en la recopilación de
datos mediante censos demográficos y de salud se produjo a partir de los
años ochenta, y en la ronda de 2010, 47 de los 54 países del continente
los llevaron a cabo, según la organización Population Reference Bureau (PRB),
de Estados Unidos. Para la ronda de 2020, que debía terminar el año
pasado, el número cayó en cambio a 41 países, según el recuento de la
ECA.
Las estimaciones de la UNFPA son más alarmantes. “Si sumamos las
personas no censadas [que se calcula que viven] en los países que no
realizaron el censo, alrededor del 45% de la población africana no fue
censada en la última ronda. Esto se debe a que grandes países como
Nigeria, Etiopía y la República Democrática del Congo [los tres más
poblados del continente] no realizaron el censo. Así que imagina cuánta
gente nos falta por conocer”, indica Idele.
Uno de los grandes factores que alteró la última ronda de censos fue la
pandemia. Pero la ECA enumera otras dificultades más profundas que han
agravado este desafío y amenazan con agudizarse todavía más: por un
lado, unos recursos financieros limitados y, por el otro, los elevados
índices de falta de respuesta, que se deben, principalmente, a la
complejidad de llegar a personas de barrios marginados, en movimiento, y
en zonas afectadas por crisis.
A todo ello se suma ahora un último gran revés, fruto de la suspensión de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) decretada
en enero por el presidente Donald Trump. USAID financiaba la mayor
parte de un programa de encuestas demográficas y de salud (DHS por sus
siglas en inglés) en más de 90 países de ingresos bajos y medios
—muchos, en África– que ahora se han detenido tras su fulminación en
marzo.
Desde su lanzamiento en 1984, el DHS contribuyó a realizar más de 450
encuestas y su base de datos, gratuita, había servido a centenares de
informes y a miles de artículos académicos. Además, sus encuestas
recopilaban información que servía para calcular unos 30 indicadores de
los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la Agenda 2030, incluidos
datos de acceso a agua potable, mortalidad infantil, mutilación genital femenina, y violencia doméstica.
Con las encuestas de países africanos publicadas por el DHS en 2024 se puede conocer, por ejemplo, que la edad media de las mujeres que se casan en zonas rurales de Senegal no llega a los 19 años; que solo el 16% de mujeres de Mozambique sabe que el aborto es legal; que 1 de cada 3 mujeres de 15 a 49 años ha sufrido violencia física en Ghana; y que hay una fuerte correlación entre los niveles de educación y búsqueda de ayuda para la depresión en Lesoto
Livia Montana, directora técnica del programa hasta su disolución,
asegura que uno de los puntos más fuertes de DHS fue estandarizar la
metodología y los indicadores sanitarios y demográficos clave de las
encuestas. “Si cada país realiza su propia encuesta independiente,
formulando preguntas similares pero de forma ligeramente diferente, no
se puede estar seguro de que los indicadores sean directamente
comparables”, lamenta Montana.
Con respecto a los índices de respuesta en las encuestas, la bajada con
la que se ha topado la ronda de censos del 2020 en el continente va en línea con una tendencia mundial parecida.
Pero William Muhwava, jefe de la sección de población y juventud de la
ECA, señala que en África esto no se debe a una negativa a participar,
sino a las dificultades para cubrir territorios en guerra o en fuerte
inestabilidad, sobre todo en el Sahel y en el Cuerno de África, y por
los cambios urbanos que se producen entre que se cartografía un
territorio y se realiza el censo.
En algunos países del continente, como Sudáfrica, esta tendencia también
se explica por otros factores, igualmente presentes en muchos países
occidentales, como una predisposición cada vez menor a participar en
sondeos y una reticencia al alza a compartir datos personales, en parte
por una mayor polarización política y una mayor desconfianza hacia la
administración.
En su último censo, de 2022, el porcentaje de personas no recogidas en
Sudáfrica ―que se conoció tras los ajustes que se realizan después de
las encuestas para rectificar errores― se disparó hasta el 31%, el más
alto desde el apartheid. Los principales motivos que se señalaron para
explicarlo fueron el efecto de la pandemia, el aumento de la violencia
política, la poca confianza hacia el Gobierno, y una tendencia de
respuesta que ya iba a la baja previamente.
Pese a los desafíos anteriores y a las sombrías perspectivas de futuro,
los expertos subrayan que la ronda de censos de 2020 en África también
se caracterizó por la adopción de nuevas tecnologías, que agilizaron la
recopilación y la publicación de datos. “La transformación de los
sistemas manuales en sistemas digitales fue el logro principal”,
considera Muhwava.
Otro cambio positivo fue la mayor cooperación que hubo entre países del
continente, lo que permitió hacer el proceso más eficiente. “Por
ejemplo, las tabletas electrónicas usadas [para recoger datos en] Malaui
se utilizaron en Zambia; las que se usaron en Togo se compartieron con
Namibia, Angola y Gambia; las utilizadas en Kenia se [enviaron] a
Mauricio y Sierra Leona; y las de Ghana a Liberia”, explica Idele. La
experta de la UNFPA señala que está “cooperación entre países del Sur”
permitió “rebajar costes” y “aprovechar las lecciones”.
De cara al futuro, se espera reforzar esta apuesta por la tecnología
para contrarrestar algunos de los retos a los que se enfrentan los
países de África para elaborar sus censos, incluido el uso de
inteligencia artificial e imágenes por satélites para cartografiar
centros de población. También se están haciendo esfuerzos para usar a
efectos censales otros datos administrativos, como el registro civil e
información de ministerios como el de educación, sanidad y trabajo. “Las
innovaciones van a ser muchas más, y van a hacer que la recopilación de
datos sea más fácil, menos costosa, más segura y más rápida que hasta
ahora”, cree Idele.
Por su parte, antiguos miembros del equipo del programa DHS están
trabajando en una nueva iniciativa para restablecer un programa básico
de encuestas que permita seguir la labor del DHS. “Aunque es poco
probable que lo sustituya del todo, esperamos que la nueva iniciativa,
con miembros de consorcios de todo el mundo, mantenga los elementos
básicos del DHS y, al mismo tiempo, cubra las necesidades cambiantes de
datos de los países”, confía Montana. (Fuente: El País. Planeta Futuro, 11 de mayo de 2025)
Considero que en este caso, son muchos los ODS a alcanzar antes del año 2030, pero el mejor el número 10: "reducir la desigualdad en y entre los países". En este caso entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo. Aunque al terminar una noticia siempre recuerdo la Agenda soy consciente de que estamos a mediados del año 2025 y que nuestro económico-social muy pocas veces o nunca menciona los Objetivos de Desarrollo Sostenible.